El Carnegie Hall, los museos Whitney y Getty, la librería Morgan... Nombres emblemáticos de la cultura estadounidense. Y ninguno de ellos casual. Muchos de los buques de las artes en un país que en estos días renueva la confianza en sí mismo están bautizados con los apellidos de los filántropos que los hicieron (y aún los hacen) posibles. En un lugar sin ministro de Cultura y donde lo más parecido a una cartera del ramo es la agencia federal para el "refuerzo de las artes" de presupuesto irrisorio (113 millones de euros anuales frente a los 403.384 millones del dinero destinado a Defensa), nada de esto -museos, óperas, salas de conciertos- sería posible de no ser por el dinero privado. Y cuando la crisis financiera arrecia... ¿A quién le sobran los fondos para financiar una exposición antológica, un emocionante ballet o un delicado recital?

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